Rodrigo Díaz de Vivar, conocido como el Cid Campeador (c. 1048-1099), fue un noble y líder militar castellano. Su vida entre la historia y el mito se inmortalizó en el Cantar de mio Cid, una obra fundamental que relata sus hazañas, su destierro, la conquista de Valencia y la recuperación de su honor.
El destierro y el inicio de las hazañas
El Cid sirvió fielmente al rey Alfonso VI de Castilla. Sin embargo, debido a falsas acusaciones de sus enemigos en la corte y a su fama como guerrero invicto, el rey lo desterró. El Cid tuvo que abandonar sus tierras, dejando atrás a su esposa (Doña Jimena) y a sus hijas (Doña Elvira y Doña Sol).
Para poder financiar su viaje y reunir un pequeño ejército, recurrió a un famoso engaño: pidió un préstamo a los judíos Raquel y Vidas dejándoles dos arcas cerradas y asegurándoles que contenían tesoros, aunque en realidad solo estaban llenas de arena.
La conquista de Valencia
A partir de ese momento, el Cid comenzó una campaña militar contra los musulmanes en la península ibérica. Demostró ser un líder brillante y un estratega formidable, ganando numerosas batallas y sumando riquezas y territorios. Su mayor logro militar fue la conquista de la ciudad de Valencia en 1094. Tras sitiarla, tomó el control de la ciudad y fundó un señorío independiente del rey Alfonso VI, logrando así lo máximo a lo que un caballero medieval podía aspirar.
La reconciliación y la traición de los infantes
Al ver su éxito, el rey Alfonso VI le perdonó y permitió que su familia se reuniera con él en Valencia. Para honrarlo, el monarca arregló el matrimonio de las hijas del Cid con miembros de la alta nobleza: los infantes de Carrión (don Fernando y don Diego).
Sin embargo, estos infantes resultaron ser hombres cobardes y mezquinos. Incapaces de soportar las burlas de los soldados del Cid (como cuando huyeron despavoridos ante un león que se había escapado en el palacio), planearon una venganza. Durante un viaje, maltrataron y azotaron a las hijas del Cid en el robledal de Corpes, dándolas por muertas.
La restitución del honor
Al enterarse de la afrenta, el Cid no tomóse la justicia por su mano de forma impulsiva, sino que pidió al rey que convocara las Cortes de Toledo para hacer justicia. En este juicio, los hombres del Cid vencieron a los infantes en un duelo de honor, limpiando el buen nombre de su familia. Finalmente, las hijas del Cid volvieron a casarse con miembros de mayor estatus: los infantes de Navarra y Aragón.
El Cid vivió el resto de sus días gobernando Valencia hasta su muerte en 1099, consolidando su estatus como una de las figuras más legendarias de la Reconquista española.